Hacerse mayor implica muchas cosas, entre ellas inesperadas sorpresas contrarias al orden natural. En el paso hacia madurar: ¿no debería una ir quitándose miedos en lugar de añadir nuevos? Eso pienso cada vez que me monto en un avión, donde he desarrollado un nuevo terror a volar quizás ampliado por mi obsesión por los telediarios. Este verano, aún previendo un vuelo de pocas horas a nuestro gozoso destino, la sola idea de levantarnos del suelo ya me hacía sudar el bigote. Por ahorrar una noche de hotel, cogimos el hotel de madrugada con la intención de llegar a las 6 de la mañana aspirando a que la alegría del comienzo de las vacaciones subsanara el deterioro de nuestro cuerpo somnoliento. Al menos, en principio, no lo logró. La noche en la ventana, las inocentes turbulencias, la más mínima señal de ajustar los cinturones por precaución me daban ganas de tirarme bajo los pies del comandante, que musitaba lo que a mis oídos parecían rezos ilegibles por el altavoz. En un intento de entretener mi agorera mente, saqué “Hermano de hielo” del bolso, y aún con pocas ganas de leer debido a las extrañas horas, me forcé a prestar atención a sus páginas. “Es pasión”, me había dicho Marta, para aconsejarme un libro que llevarme de viaje, pero pocas veces Marta y yo coincidimos en lo que nos provoca tal sentimiento. Sin embargo, el tamaño perfecto como acompañante y los ojos de la mujer que me miraban al abrir su tapa en la librería me hicieron convencerme al principio. ¿Conseguiría esquivar mi aerofobia?

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Alicia Kopf por Laia Gutiérrez.

Todo lo que sé es que en un segundo, estaba calzando unas botas de piel mal remachadas y la nieve se metía por su suela helándome los dedos de los pies. Que me faltaba el aire subiendo la pendiente, que estaba segura de que no llegaría viva a la cima, pero que los ojos del resto estaban puestos en mí, y ya no podía hacer otra cosa que seguir subiendo. Estaba de expedición junto a Peary, Cook y los demás. Después de un rato, veía mi dormitorio de adolescente: cómo la familia quemaba más que el hielo. El calambre en las costillas que produce encogerse demasiado rato ante la crujiente frialdad de un gran amor. Lo sentí todo. Y aterrizamos.

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Dibujo de la autora.

Puede que fuera la falta de sueño, la sugestión de respirar a 42.000 pies, pero Alicia Kopf me ha quitado el miedo a volar. Me ha añadido otros tantos, como la certeza de que jamás yo podré escribir algo tan bueno y la duda de si ella misma lo conseguirá. “Hermano de hielo” es una oda al amor, a la ciencia y a la fraternidad obligada de la manada, a lo extraño de la mente en un ser querido. La misma incertidumbre que dan las primeras páginas de su novela (¿qué demonios me quiere decir con tanto dato y fuente?) se convierten en imprescindibles para entender la cáscara transparente que te prepara para el choque con el fondo del iceberg: la realidad de una joven contemporánea, como tantas otras, contada de forma tan única. Una forma de narrar que resuena a las de antes, de escuchar en corrillo con los ojos fuera y sentada en el suelo, así de efectiva es esta cuentacuentos. Y a la vez, el juego con la estructura de la novela tradicional de quien se sabe que no va encajar nunca en ninguna disciplina. Así de genial y de peligroso es este -en apariencia- librito.

Inma Ávalos también está bajo el casco de este iceberg. Este es el verdadero nombre de Alicia Kopf, seudónimo que utilizó en un libro de artista y que desembocó en una serie de obras de diversa índole: literatura, pintura. Traducido por ella misma del catalán al castellano, “Hermano de hielo” (Edición española. Ed. Alpha Decay, 2016) fue Premio Documenta en 2015 y Premio Llibreter en 2016. Deleitaos con “Hermano de hielo”, porque dura dolorosamente poco. Temo volver a subir a un avión y no volver a tener en mis manos algo que deje mi mente en blanco con tanta precisión. “Escribir es el veneno y la cura”, dice en su página 189. Kopf, date prisa.

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Fotos del interior de “Hermano de hielo”, de la Ed. Alpha Decay.  Estas, y la portada, de la web de la autora. http://www.aliciakopf.net/

Texto: Ana Andújar